La casa
La casa está vacía, está desordenada. Vacía literalmente no, lo más preciso sería decir media vacía porque ahí están mis cosas congeladas, petrificadas como quedaron hace unos tres meses atrás. Pero desordenada sí, porque lo que se conocía como orden ya no existe más.
A pesar de ser mediados de septiembre la casa está fría, igual que en los últimos tres septiembres donde cada día o cada noche, se escogía uno de los ambientes para calefaccionar y solo un rato, para evitar que las vetustas instalaciones eléctricas colapsaran.
Si un extraño ingresara a la casa podría asegurar que está deshabitada, a pesar de que haya muchos libros y mucha ropa tirada por todos lados. Porque no son los objetos lo que dan indicios de una casa habitada. Para que esto suceda se necesitan otros signos que todos conocemos y sabemos que siempre son y serán inmateriales.
La casa se parece mucho más a la de hace cuatro años, que a la de los últimos tres meses atrás. En aquel entonces un viudo abatido y visiblemente cansado, luego de lo sucedido con su esposa y de pactar un regreso a su ciudad de origen decidió abandonar la que fue su casa por unos doce años. La casa es expulsiva más allá de permanecer o no en ella.
La casa está más grande y está más silenciosa. Y no es porque se haya agrandado o agregado nuevos ambientes. El tamaño sigue siendo exactamente el mismo pero los trayectos se han alargado inexplicablemente. Tan largos se volvieron que antes de trasladarse, por ejemplo, de la habitación a la cocina o del living a la habitación más pequeña, uno llega a evaluar y a considerar seriamente las razones suficientes. Porque pesan tanto las piernas como los recuerdos en cada uno de esos viajes eternos bajo techo. Y no dije nada de los ruidos. Si antes eran permanentes y previsibles; sobre todo aquellos ruidos de corridas de muebles o peleas de parejas a horas en donde se intentaba conciliar el sueño, ahora son esporádicos, abruptos y hasta a veces indescifrables tanto en cuánto a los sonidos emitidos como en la dirección de donde provienen. Quizá eso explique o de sentido parcialmente al uso de llaves en las puertas internas de la casa.
En la casa todavía quedan olores reconocidos, pero no estoy totalmente seguro si son olores reales o recordados. Los olores identificados o recordados (da igual), no son de alimentos ni de perfumes de ambiente o colonias. Me refiero a esos olores específicos que definen a un hogar habitado por determinadas personas. Esas personas o la suma de ellas generan ese olor especifico, único e irrepetible. Quizá con el correr de los días esos olores (reales o imaginarios), terminen desapareciendo de la nariz o de la memoria. Quizá no. No lo sé.
Volver a habitar una casa expulsiva es una incógnita o mejor dicho dos: ¿Hasta cuando? ¿Para qué?
Biaggio Piovasco.
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