"Las cosas que perdimos en el fuego" de Mariana Enríquez
Anagrama, 1era Edición 2016.

En redes sociales, en los grupos de Whatsapp del trabajo, en
charlas de amigos y también de amigos de amigos, se ha colado el nombre de la
escritora argentina Mariana Enríquez. Si bien solo había leído varios de sus
artículos en el suplemento Radar de Página 12, tenía la certeza de que en algún
momento de esta interminable cuarentena iba a empezar a leer alguno de sus
libros y finalmente empecé por los doce relatos de terror que conforman
"Las cosas que perdimos en el fuego" (.Anagrama, 1era Edición 2016).
El primero de los relatos titulado "El chico
sucio", trata de una mujer que decide mudarse a una casa familiar,
ubicada en el barrio de Constitución (CABA). En el relato la mujer nos describe
el proceso de transformación de Constitución y su cambio de identidad de barrio
de elite a barrio popular. Allí el delito y la marginalidad son las monedas más
corrientes pero la narradora cree sentirse a gusto en ese barrio, aunque viva
situaciones de riesgo y temores constantes. En un momento la mujer conoce a
uno de los tantos niños que viven en las calles, en este caso con su madre
adicta al paco y con una mirada endemoniada según su descripción. El anuncio en
la televisión de la aparición de un niño degollado con las mismas
características que "El chico sucio", hacen entrar en pánico a la mujer quien va conociendo un poco más de un barrio donde abundan los ritos
satánicos y los altares del Gauchito Gil o San La muerte que conforman la
escenografía de un mundo que no logra comprender del todo.
El segundo de los relatos se titula "La
hostería" y cuenta la historia de tres mujeres: madre y sus dos
hijas (Lali y Florencia), que por pedido del padre de las chicas, político y en plena
campaña electoral, se mudan de La Rioja a Sinogasta. Una vez instaladas en su
casa del pueblo, una de las amigas de Florencia le cuenta que su padre fue
echado de la hostería en la que trabajaba como guía desde hacía mucho tiempo.
Esta amiga convence a Florencia de meterse de noche en la hostería para llevar
a cabo una "venganza" que se termina frustrando por el pánico de las
dos jóvenes al escuchar los gritos y los golpes de las personas que allí fueron
torturadas y asesinadas hace mucho tiempo atrás cuando el lugar fuera usado por
la policía en tiempos de la dictadura.
El tercero de los relatos es "Los años
intoxicados", que según Enriquez es, quizá, el más cercano a ella. La
narradora divide el relato entre 1989-1994, los años del secundario y recuerda
una época de mucho consumo de drogas con sus compañeras inseparables del
colegio y la obsesión de ella y sus amigas con una bruja adolescente que se
pierde en un bosque en el medio de la noche. En el relato, dividido en años, va
mencionando algunos hechos de aquella época (los apagones energéticos de fines
de los 80s y la entrega anticipada del poder de Alfonsín, las privatizaciones,
el desempleo y el deterioro social del menemismo, etc).
El cuarto de los relatos es "La casa de
Adela", donde una mujer recuerda la historia de una casa embrujada en
el barrio de Lanús a la que un día, siendo una niña, decide entrar de noche
junto a su hermano mayor y una vecinita que tenía un solo brazo. Una de las
paredes termina encerrando a la niña del muñon en el hombro haciendola desaparecer para
siempre, mientras su hermano muere en la vías del tren tiempo después del misterioso
episodio de la casa embrujada.
El quinto de los relatos es "Pablito clavó un
clavito: Una evocación del Petiso Orejudo". El único narrado y
protagonizado por un hombre. Este hombre, llamado Pablo, trabaja como guía
turístico recorriendo sitios donde ocurrieron los asesinatos más conocidos de
Buenos Aires. En uno de estos recorridos, se le aparece el Petiso Orejudo
(fallecido en 1944), un asesino de niños de principios del siglo XX que sin
dudas es su personaje favorito. La descripción de los asesinatos del
Petiso Orejudo se van alternando con la vida familiar del guía.
El sexto de los relatos que transcurre entre Corrientes y Asunción en la década del 80, se titula "Tela de araña". La narradora es una mujer que detesta a su marido pero decide viajar con él a visitar familiares en Corrientes. Una vez instalados en la casa familiar el matrimonio decide acompañar a la prima de la mujer a comprar unas telas a Asunción. En el camino la relación entre los esposos se va a deteriorando al punto tal que el esposo termina desapareciendo de un momento a otro. Vuelve en este cuento "la aparición de los desaparecidos" durante la dictadura, a través del testimonio de un camionero que narra un suceso en una ruta que fuera construida sobre fosas comunes.
El séptimo de los relatos "Fin de curso" vuelve
a tener de protagonistas a chicas del secundario. Esta vez con la historia
de Marcela, una chica que escucha voces que la inducen a lastimarse en la
escuela, incluso frente a la vista de todos y sin sentir ningún tipo de
dolor. Si bien no se explica demasiado sobre el comportamiento de la
adolescente, sobre el final del cuento nos enteramos que la violencia
autoinfligida, en este caso, es contagiosa.
El octavo relato es "Nada de carne sobre nosotras" y cuenta la historia de una mujer que también se encuentra en plena crisis con su pareja al que empieza a detestar por lo mucho que ha engordado. El hallazgo de una calavera a la que bautiza como Vera, va enloqueciendo a la mujer y agudizando su anorexia.
El noveno relato "El patio del vecino",
es el más terrorífico y cuenta la historia de una mujer que se muda a una
nueva casa junto a su marido y una gatita. Mientras se describe el difícil momento
que está viviendo Paula -con la perdida de su padre y de su trabajo tras ser
echada luego de una falta grave en el hogar de transito de menores-, la
protagonista comienza a ver desde su terraza a un chico que camina encadenado
en el patio de su vecino. A pesar de contarle a su esposo, solo ella puede ver
al chico, lo que termina agudizando la crisis entre ella y su esposo que decide
abandonarla. El final del cuento es espeluznante.
El décimo relato es "Bajo el agua negra",
situado en una villa emergencia de la zona sur de Buenos Aires a orilla del Río
de la Plata, donde una fiscal investiga el asesinato de dos adolescentes en
manos de policías borrachos que luego de propiciarles una paliza, deciden
arrojarlos a las inmundas aguas del Riachuelo. El lugar es conocido por la
fiscal de la época en que ayudó a unos pobladores de la villa a ganarles un
juicio contra una curtiembre, responsable de que la gente se enfermara y
los niños nacieran con estremecedoras malformaciones y otros defectos. En el relato
vuelven a tener presencia los santos populares y la aparición de "muertos
vivos" que en este caso es uno de los chicos asesinados, víctima de la
violencia policial.
El onceavo relato es "Verde rojo
anaranjado", y nos habla de una chica que se comunica por internet con
un amigo que vive encerrado al estilo de un Hikkimori, que según la wikipedia
es "es un término japonés para
referirse al fenómeno social que consiste en personas apartadas que han
escogido abandonar la vida social; a menudo buscando grados extremos de
aislamiento y confinamiento, debido a varios factores personales y sociales en
sus vidas". De todos los relatos este me pareció el menos interesante.
El último relato es "Las cosas que perdimos en
el fuego" y narra la Historia de una agrupación de mujeres que
deciden prenderse fuego después de que se sucedan los ataques machistas con
quemaduras a ellas. Según la autora el texto estuvo influenciado por el emblemático caso de
Wanda Tadei y por otra chica con su cuerpo totalmente quemado pero de un
atractivo impresionante que solía ver en el subte.
He disfrutado muchísimo cada uno de los relatos de "Las
cosas que perdimos en el fuego" al punto de quedar con ganas de algún
cuento más al terminar de leerlo. No soy un lector muy conocedor del género más
allá de los clásicos como Poe o Lovecraft, pero creo que la combinación del
género con la mirada crítica de la sociedad que tiene la autora y los
escenarios en donde transcurren cada uno de sus relatos convierten al libro en
algo muy original y atractivo para el lector.
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